No vayas alLeteo ni exprimas el morado
acónito buscando su vino embriagador;
no dejes que tu pálida frente sea besada
por la noche, violácea uva de Proserpina.
No hagas tu rosario con los frutos del tejo
ni dejes que polilla o escarabajo sean
tu alma plañidera, ni que el búho nocturno
contemple los misterios de tu honda tristeza.
Pues la sombra a la sombra regresa, somnolienta,
y ahoga la vigilia angustiosa del espíritu.
Pero cuando el acceso de atroz melancolía
se cierna repentino, cual nube desde el cielo
que cuida de las flores combadas por el sol
y que la verde colina desdibuja en su lluvia,
enjuga tu tristeza en una rosa temprana
o en el salino arco iris de la ola marina
o en la hermosura esférica de las peonías;
o, si tu amada expresa el motivo de su enfado,
toma firme su mano, deja que en tanto truene
y contempla, constante, sus ojos sin igual.
Con la Belleza habita, Belleza que es mortal.
También con la alegría, cuya mano en sus labios
siempre esboza un adiós; y con el placer doliente
que en tanto la abeja liba se torna veneno.
Pues en el mismo templo del Placer, con su velo
tiene su soberano numen Melancolía,
aunque lo pueda ver sólo aquel cuya ansiosa
boca muerde la uva fatal de la alegría.
Esa alma probará su tristísimo poder
y entre sus neblinosos trofeos será expuesta.
A la soledad
¡Oh, Soledad! Si contigo debo vivir,
Que no sea en el desordenado sufrir
De turbias y sombrías moradas,
Subamos juntos la escalera empinada;
Observatorio de la naturaleza,
Contemplando del valle su delicadeza,
Sus floridas laderas,
Su río cristalino corriendo;
Permitid que vigile, soñoliento,
Bajo el tejado de verdes ramas,
Donde los ciervos pasan como ráfajas,
Agitando a las abejas en sus campanas.
Pero, aunque con placer imagino
Estas dulces escenas contigo,
El suave conversar de una mente,
Cuyas palabras son imágenes inocentes,
Es el placer de mi alma; y sin duda debe ser
El mayor gozo de la humanidad,
Soñar que tu raza pueda sufrir
El universo según los textos cosmogónicos egipcios
Con el análisis de los textos cosmogónicos egipcios, descubrimos la
percepción que tuvieron los egipcios del inicio, forma y fin del universo
(Lull 2006). Una de las más importantes y antiguas cosmogonías egipcias
fue la procedente de la ciudad de Iunu, Heliópolis. Según ésta, el universo
precreacional era oscuro, inerte, silencioso, sin tiempo y sin espacio (de
hecho, en los Textos de los Sarcófagos se lee: “cuando yo estaba solo en el
nun no había un espacio en el que pudiera estar”). Con estos adjetivos se describe el nun, el océano primordial, pero nun es el “no ser”, una manera
de intentar definir un concepto tan abstracto como la nada. En el nun, se
activó la fuerza vital del dios Atum, el demiurgo, y con éste comenzó la
creación del mundo. Atum se generó a sí mismo e inició la creación del
resto de los dioses tan pronto emergió del nun con el benben, la colina
primordial que marca el primer espacio y el comienzo del tiempo en un
universo en el que el caos devino en orden, lo inerte en móvil, el silencio
en ruido, y la oscuridad en luz.
En imágenes inferiores, constelaciones astrales egipcias.